Gasto e Inversión

Ocurre en muchos ámbitos del conocimiento que los principios en los que se basan no siempre están alineados con el sentido común. Hay innumerables ejemplos. En el campo de la física y la técnica, a muchas personas les sigue resultando incomprensible que algo que es mucho más pesado que el aire pueda volar, aunque es evidente que lo hace.

Tratando de redimir al escéptico, todos en alguna ocasión habremos sacado el brazo por la ventanilla de un coche en marcha, intentando simular el “efecto ala” sobre nuestra mano o, más formalmente, habremos tratado de explicar al incrédulo el principio físico de la igualdad del producto de presiones y velocidades. ¡Qué más da! Que un aparato de cientos de toneladas se eleve en el aire es algo que escapa a toda lógica y, por tanto, al sentido común.

Algunos preceptos contables son contrarios al sentido común

Traigo este ejemplo a colación porque no quiero que los economistas se sientan injustamente discriminados con lo que voy a decir a continuación. Y es que, algunos preceptos contables también son contrarios al sentido común: hablemos de la diferencia entre gasto e inversión.

¿Por qué algunos pagos se consideran gasto y otros, que incluso pudieran ser de inferior cuantía, se consideran inversión? Si aplicamos el sentido común, podríamos intuir la diferencia considerando gasto todo aquello que se consume en el corto plazo e inversión aquella compra más duradera en el tiempo. Un profesor de contabilidad que nos escuchase este razonamiento, seguramente nos felicitaría por la deducción y nos consideraría preparados para pasar a la lección siguiente: el concepto de amortización.

Sin embargo, cuando le manifestásemos al profesor nuestra intención de amortizar en varios años la factura del curso que nos acaba de dar, nos explicaría que eso no es posible, porque la formación se considera un gasto, no una inversión. ¿Cómo?, ¿es que los conocimientos que adquiero en un curso no me van a servir durante muchos años? Además, mi empresa dice que paga la formación de sus empleados porque con ella “invierte” en su capital humano ¡y mis padres también hablaban de inversión cuando pagaban mis estudios!

No es posible repartir en varios años el importe de un curso porque no está admitido como inversión

Pues no, resulta que nuestra intención de cargar en varios años una parte proporcional del importe del curso, pese a resultar lógica y de sentido común, no es posible porque no está alineada con la definición contable de inversión. ¡Ah!, será porque una compra, para que pueda considerarse inversión, además de duradera, debe ser tangible y, claro, un curso no lo es. Pues tampoco, porque la contabilidad sí admite como inversión intangibles tales como los pagos para la constitución de una empresa o la compra de patentes, así como muchos otros de carácter inmaterial…

Esta conversación hipotética, resulta frecuente con los participantes en nuestras simulaciones Income/Outcome. Surge cuando, por ejemplo, compran publicidad o deciden acometer ampliaciones para las que, además de adquirir activos, tienen que pagar gastos de selección y formación de los nuevos empleados. El diseño “visual” del juego les permite identificar los pagos que se convierten en fichas de otro color y permanecen en el activo –lo que indica que son inversiones-, mientras que los considerados gastos pasan a la cuenta de resultados… y “se van” con ella a la finalización de cada periodo.

La discusión sobre si es razonable o no considerar gasto la publicidad o la formación de los empleados, continúa por mucho tiempo entre los participantes en el juego, por la discrepancia entre lo que establece el principio contable y lo que dicta el sentido común.

Pero qué consideración dar a cada pago y, lo que es más importante, el efecto que cada uno de ellos tiene sobre las finanzas de la empresa, no les ofrece dudas. Los participantes “ven” y sienten, desde el primer momento, el diferente impacto de estas decisiones en los resultados de sus negocios. Por eso no les resulta indiferente que se consideren un gasto o una inversión.

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